El instrumento
 
de Juan Barranco Monarca
  ¿Alguna vez has visto a una mujer de cerca? Yo solo tuve esa oportunidad una vez y eso sucedió ya algunos años atrás. ¿Qué cómo fue? No lo sé y quisiera recorrer el tiempo y regresar al pasado para revivir aquel momento en el que me sentí vivo plenamente. Solo recuerdo que abrí los ojos y ahí estaba ella: recostada sobre la cama; con sus cabellos negros deslizándose sobre la almohada, cayendo uno a uno, en una carrera contra la gravedad, y mientras tanto yo, atraído a ella, orbitaba a unos cuantos centímetros de su rostro. Aun recuerdo su aliento: tibio y enervante. ¡Pero que digo! No era sólo su aliento el que me embriagaba, sino su sonrisa la que me estaba conquistando: dientes perfectos, labios rojos y carnosos, su boca se abría sólo para dejar escapar algún suspiro que al rozarme me aceleraba el pulso. Hubiese podido comérmela a besos, arrancarle poco a poco el alma, y sin embargo, permanecí inmóvil y atrapado; temblando al sentir la proximidad de su cuerpo. ¿Sus ojos? Negros, por supuesto, y mientras me veían con ansiedad, la luz los atravesaba una y otra vez formando mil reflejos. La piel morena, pero no como aquella que ha sido quemada por el sol, sino aquella formada por la mezcolanza de razas. Esa piel que grita sus raíces, la que pide a gritos ser acariciada. La vi durante horas y horas. Y sólo permanecí así: viéndola. A pesar de eso, fue tiempo suficiente para tratar de descifrarla. Sé que es una locura y sé que preguntará que cómo fue que la conocí tan bien. Diría que fue una inspiración y que a pesar de no rozar su rostro, a pesar de no sentir la tibieza de su piel que se escondía bajo las sabanas, lo supe. Conocí su historia interna, pero no pude arrancarle el secreto que hacia de ella la mujer perfecta. Alguna vez rodó una lagrima por su mejilla mientras yo la observaba atento. Una sed infinita invadió mi garganta y hubiera robado aquella gota preciada, salida desde el fondo de su alma si mi condición lo hubiese permitido. Sufrí no poder acariciarla. Pero hay cosas que deben ser así. Diríase que todo tiene un lugar y un momento, que todo tiene una razón de ser y que la mía, por desgracia, me toco ser solo un instrumento. Lo entendí demasiado tarde, mientas cerraba mi última página y me regresaba a mi librero junto con mis demás compañeros.